domingo, diciembre 08, 2002

Tom Wolfe

Tom Wolfe es el gran cronista de la sociedad capitalista del tránsito del XX al XXI; en sus dos novelas últimas (La Hoguera de la Vanidades y Todo un Hombre) teje una excelente sátira sobre la casi totalidad de nuestro mundo moderno, o al menos de la élite o de ciertas élites de ese mundo. Todo ese universo movido por el capital, por la vanidad y las apariencias... tal vez Wolfe se ria (interiormente) demasiado de sus personajes, pero el mundo que describe es inequívocamente el de nuestra época. La hoguera de las vanidades fue escrita en 1986 ó 1987, pero si nos olvidamos de Internet y de los teléfonos móviles (que lógicamente no aparecen en la obra) la novela no tiene ni la más tenue arruga. Wolfe consigue además el milagro de que unos personajes que normalmente nos sentarían como un tiro, nos resulten más bien simpáticos y acaben ganándose nuestra comprensión y benevolencia.

Creo que Tom Wolfe perdurará. Estoy convencido de que estas dos novelas suyas seguirán siendo reeditadas y leídas a lo largo de las próximas décadas. Cualquiera que quiera acercarse al tipo de mundo que nos rodeaba entre 1980 y, pongamos, el 2020, deberá echarle una ojeada a este gran sátiro de la modernidad que es el escritor de Virginia.

viernes, diciembre 06, 2002

Lugares comunes

Fui a ver la película de Adolfo Aristarain el miércoles pasado. Y me pareció como mucho decorosa, correcta, pero desde luego no una gran película. Me pareció ante todo excesivamente discursiva, doctrinaria; como si Aristarain hubiese querido asegurarse de que el mensaje (un mensaje tópica y angelicalmente izquierdista) llegase al espectador con la mayor nitidez posible. Para ello hace hablar continuamente al personaje de Federico Luppi; Lugares Comunes es muy poco sutil, muy poco contenida, no trabaja con imágenes y silencios sino con palabras, palabras y más palabras: Luppi se la pasa hablando y discurseando (mediante monólogos en off) las casi dos horas de duración de la cinta y uno sale del cine con la sensación de que ha asistido a una especie de mitin.

La película es previsible y a veces hasta roza lo inverosímil. Eso de que el padre (Luppi) considera un fracasado al hijo porque éste abandonó la Argentina para irse a Madrid, y obtener un trabajo de informático muy bien pagado en lugar de seguir sus iniciales inquietudes de escritor (aunque eso hubiese significado cierta decorosa pobreza) es, sencillamente, poco creible, y menos en la Argentina actual, donde el viejo asunto de la supervivencia material (sin la cual la vida del espíritu, por decirlo a lo Hesse, es imposible) está muy lejos (más que nunca) de haber sido resuelto. Ni allí ni en casi ningún otro sitio.